APUNTES PARA UNA BIOGRAFIA DE CELEDONIO FLORES (II)
Flores llegó a estudiar hasta el tercer año del comercial. Luego abandonó la escuela secundaria y se empleó en un comercio donde en sus ratos libres copiaba en un cuaderno de contabilidad poemas de Nervo, Darío, Ugarte, Delmira Agustini, Alfonsina Storni, Lugones, Salvador Rueda, Oyuela, Banchs, Herrera y Reissig, Almafuerte. Eran los poetas más renombrados de la época y el joven Celedonio anhelaba escribir como ellos. “Te voy a contar –comentó alguna vez-. A esa edad en que se hacen versos, ensayé los míos. Quise hacerlos delicados, sutiles, finos...pero había grandes contras en el camino... ¿Cómo te ibas a tirar contra Amado Nervo o Rubén Darío? El naipe no daba pa tanto, hermano”.
La humildad (¿o socarronería?) mostrada por Flores en este fragmento, se transforma en orgullo de neto cuño suburbano en el poema “Punto alto”, donde conversando con su colega Enrique Dizeo, le señala:
Vos dejá que otro le cante a la dama presumida,
a la albura de los cisnes, al encanto del Trianón;
cada cual hace su juego en el monte de la vida
y se apunta a la baraja que le canta el corazón.
¡Qué sabemos de marquesas, de blasones y litera
si las pocas que hemos visto han sido de carnaval!
¡Que nos pidan un cuadrito de la vida arrabalera
y acusamos las cuarenta y las diez para el final!
Seguramente por ese motivo y, según su propio testimonio, “un día que estaba bien seco, uno de esos días en que uno sueña con la lotería sin tener el billete, me abrí de esa parada elegante y escribí Margot...”
“Margot” se llamó en un principio “Por la pinta” y fue solo un poema con el que Celedonio ganó a los 18 años un concurso poético organizado por el vespertino “Última Hora”. Le pagaron la abultada cifra de cinco pesos pero logró algo infinitamente más importante: que lo leyera Gardel, a instancias del cual, su guitarrista, el negro José Ricardo, le puso música de tango. El Gran Cantor ya advertía, con inocultable agudeza, las posibilidades de éxito de la obra y las condiciones promisorias de su joven autor. Dicen que cuando Gardel vio a Flores por primera vez, le preguntó, con su gracejo habitual: “pero quien te escribió esto, ¿tu tío?”.
Con “Margot”, Celedonio inicia su serie de apóstrofes a las chicas del suburbio que no dudan en prostituirse con tal de huir de las garras de la miseria, a la que las tiene destinadas el injusto sistema social con el que el poeta tampoco se aviene. ¿Por qué entonces el reproche y no la justificación?
Nicolás Olivari –contemporáneo de Flores-, en su parodia de “La costurerita que dio aquel mal paso”, de Carriego, había dicho con cínico realismo: “¡Pobre la costurerita que dio el paso malvado! /Pobre si no lo daba… que aún estaría, / si no tísica del todo, poco le faltaría”.
Flores, en cambio, se encara con ese mismo personaje, tan habitual en la farra nochera de la Argentina alvearista, y le enrostra:
Son mentiras no fue un guapo haragán y prepotente
ni un cafishio veterano el que al vicio te largó.
Vos rodaste por tu culpa y no fue inocentemente,
berretines de bacana que tenías en la mente,
desde el día en que un jaileife de yuguiyo te afiló.
Esa actitud condenatoria de Flores, en sintonía con la óptica de los sectores dominantes –más carente de “valores morales” que de cruda hipocresía- tiene sin embargo una raíz diferente. La dicta un sentimiento de fidelidad al barrio, al humilde hogar proletario –normalmente una pieza de conventillo-, regido por la figura materna, sufrida y trabajadora y al que, desde el punto de vista del poeta, ha traicionado la “pelandruna abacanada” que nacida Margarita ahora se hace llamar Margot:
Ahora vas con los otarios a tirarte de bacana
a un lujoso reservado del “Petit” o del “Julièn”.
Y tu vieja, pobre vieja, lava toda la semana
pa’ poder parar la olla con pobreza franciscana
en el triste conventillo alumbrado a kerosén.
Pocas veces como en esta estrofa de Flores se retrata con más claridad el contraste entre dos mundos: el de los desaprensivos “bacanes” -es decir oligarcas- y el de la sacrificada madre, representación de toda una clase sojuzgada por aquellos, a los que, sin embargo, el poeta no deja de considerar meros “otarios”. ¿Por qué? Flores nos lo responderá en otros tangos, como “Muchacho”, por ejemplo. Pero ése será tema para tratar con mayor extensión más adelante.
( Continuará)
